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La sucesión presidencial vuelve a poner a prueba la unidad de los partidos dominicanos

SANTO DOMINGO.– La historia política dominicana muestra que pocas decisiones resultan tan complejas para un partido como escoger a su candidato presidencial cuando el mandatario de turno no puede buscar la reelección. Las pugnas por esa nominación han provocado algunas de las principales rupturas de las organizaciones políticas del país.

El Partido Revolucionario Moderno (PRM) se aproxima ahora a ese escenario con la responsabilidad de escoger al candidato que competirá por la Presidencia en 2028, luego de que Luis Abinader complete el período constitucional que le permite permanecer en el Poder Ejecutivo.

La experiencia de otras organizaciones sirve como antecedente. El Partido Revolucionario Dominicano (PRD), el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) han enfrentado disputas internas en torno a la candidatura presidencial que terminaron modificando su estructura y su peso electoral.

En el PRD, la confrontación por la nominación presidencial entre Hipólito Mejía y Miguel Vargas, que alcanzó su punto crítico en las primarias de 2011, dio paso a una prolongada lucha por el control de la organización. La crisis terminó con la salida de Mejía y Luis Abinader, quienes posteriormente participaron en la creación del PRM.

El PRSC también sufrió los efectos de sucesivas competencias internas. Tras la salida de Joaquín Balaguer de la primera línea electoral, la organización enfrentó dificultades para consolidar un liderazgo capaz de mantener su antiguo peso político. Las disputas entre Eduardo Estrella, Jacinto Peynado y posteriormente Amable Aristy Castro contribuyeron al debilitamiento electoral del partido.

El caso más reciente fue el del PLD. Durante años, la organización logró administrar las diferencias entre sus dos principales figuras, Leonel Fernández y Danilo Medina, quienes compitieron por la candidatura presidencial en distintos momentos sin provocar una ruptura.

La situación cambió en 2019, cuando la disputa por la nominación terminó con la salida de Fernández y la posterior creación de la Fuerza del Pueblo. El PLD perdió entonces una parte importante de su estructura y pasó de ser la principal fuerza política del país a ocupar un lugar secundario en el escenario electoral.

La organización tampoco consiguió recuperar ese espacio en 2024. Aunque la candidatura de Abel Martínez no produjo una ruptura como la ocurrida cinco años antes, el PLD obtuvo alrededor del 10 % de los votos presidenciales, resultado que confirmó el impacto político de la división de 2019.

Ahora el partido morado vuelve a enfrentarse al dilema de escoger una candidatura presidencial. Francisco Javier García y Gonzalo Castillo aparecen entre los principales nombres asociados a esa competencia, mientras la organización decidió suspender la consulta que había programado para octubre y anunció que escogerá su candidato dentro del plazo establecido por la legislación electoral.

La Fuerza del Pueblo tampoco está al margen de las definiciones. La coexistencia de los liderazgos de Leonel Fernández y Omar Fernández plantea otra discusión interna sobre el futuro de la organización y la candidatura presidencial con la que acudirá a las elecciones de 2028.

En ese contexto, el PRM intenta evitar que la sucesión de Abinader reproduzca las experiencias de sus antecesores. La organización ha establecido con anticipación las reglas para su proceso interno y sus principales figuras ya desarrollan actividades orientadas a ganar respaldo entre las estructuras partidarias.

La diferencia estará en la capacidad de la organización para convertir la competencia en un proceso institucional y garantizar que los sectores que no resulten favorecidos permanezcan cohesionados alrededor del partido.

El desafío no es menor. El PRM tendrá que administrar las aspiraciones de sus principales figuras, definir las reglas de la competencia y preservar el equilibrio interno, mientras el resto de las fuerzas políticas también se prepara para sus propias definiciones.

La historia reciente demuestra que ganar una candidatura presidencial no garantiza la unidad de un partido. El verdadero reto aparece después de la competencia, cuando quienes pierden deben decidir si permanecen dentro de la organización y respaldan al ganador o si convierten la derrota interna en el punto de partida de una nueva división.

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